El Mercosur es una nave a la deriva
septiembre 2, 2009
Archivado en Opinión
Tanto en los años 90 como en la presente década, nuestro país recibió muy fuertes impulsos desde el exterior, que mucho lo ayudaron, por ejemplo, en materia de crecimiento económico, de mejoría en las tasas de empleo, de aumento en el ingreso de los hogares, de reducción de la pobreza y la indigencia y de mejoramiento en los indicadores de endeudamiento público, mediante administraciones inteligentes de la deuda, aprovechando lo mejor de las circunstancias posibles en cada momento. Pero ambos shocks, externos y positivos, difieren en su origen, lo que también coadyuvó a los respectivos procesos internos dando lugar a diferentes ganadores y perdedores en cada caso.
El origen diverso de los shocks recibidos en la década pasada y en la presente, es obvio: mientras que en los 90 el impulso provino del barrio, en la presente década provino desde fuera de la región. Uruguay recibió fuertes impulsos desde el exterior en los dos casos, pero en el primero el impulso vino de sus vecinos y en el segundo, del resto del mundo. En los 90 el barrio se volvió muy caro en dólares (Argentina estabiliza en abril de 1991 y Brasil en julio de 1994), y con él nosotros, mientras que el resto del mundo casi no se encareció (entre 1992 y 2000 la inflación en dólares fuera de nuestra región fue nula). En la presente década la extra región se encareció en forma extraordinaria (58% entre 2000 y 2008), y con ella especialmente Brasil, lo que redobló el impacto positivo del shock externo.
En ambos procesos el Uruguay se fue encareciendo en dólares, gradualmente, de la mano de un “resto del mundo relevante” que se encarecía y le exportaba inflación. En los dos procesos se pasó desde niveles muy altos en términos históricos en materia de tipo de cambio real, a niveles de moderados “atrasos” en el indicador global de competitividad. Sin embargo, como expresé antes, hubo en cada instancia diferentes ganadores y perdedores. Cuando crecimos y nos encarecimos de la mano del barrio, ganaron el mercado interno, los servicios, y, obviamente, las exportaciones a los vecinos, y perdieron las exportaciones a la extra región y quienes competían con importaciones, los que debían arreglárselas con un tipo de cambio deprimido por el barrio, en una suerte de “enfermedad holandesa” a la uruguaya. Cuando crecimos y nos encarecimos de la mano del mundo y al mismo tiempo ese mundo caro encareció al barrio (en el caso de Argentina no tanto, aún con la verdadera inflación), los ganadores fueron casi todos los que habían perdido en los 90, y también muchos de los que entonces también habían ganado.
Todo lo anterior es el marco a las reflexiones que quiero realizar sobre el Mercosur, un acuerdo que desde el inicio lideró nuestro país, que dio sus primeros pasos con éxito, hasta que empezó a haber problemas macroeconómicos en algunos de sus miembros. Quizá el primer tropezón se dio en el inicio de 1995 cuando Argentina, con problemas fiscales en la mitad de su Plan de Convertibilidad, decide gravar las importaciones (todas ellas) con una tasa estadística, que no era otra cosa que un adicional al arancel, tanto externo como interno al bloque. El tiro de gracia le llegó cuatro años después, con la devaluación en Brasil a inicios de 1999. En ese proceso de deterioro, ningún país puso el grito en el cielo para criticar o procurar impedir una violación unilateral al acuerdo y todos, en cambio, que para entonces ya tenían sus problemas propios, decidieron entrar en un proceso de violaciones compensatorias, sintiéndose moralmente legitimados para hacerlo, como reacción a la macana anterior, de otro.
Y lo sucedido en la presente década, viene a probar que el Mercosur ha perdido toda vigencia. Todavía cuando se estaba cerca de terminar la década pasada, digamos que por allá por 1998, cuando tanto Uruguay como sus dos vecinos estábamos en la cresta de la ola, nos creíamos que el Mercosur era la panacea. Desde nuestra óptica, la uruguaya, parecíamos estar en el mejor de los mundos: en ese año el 52% de nuestras exportaciones de bienes se dirigieron a los dos vecinos y el 43% de nuestras importaciones provenían de ellos. Sin embargo, 10 años después el panorama es muy diferente: en 2008 sólo le exportamos el 25% de nuestras exportaciones de bienes a los vecinos, proporción que se reduciría aún más si en las exportaciones de bienes incluyéramos las realizadas desde zonas francas. Mientras tanto, seguimos importando el 43% desde ellos. Recién el año pasado nuestras exportaciones de bienes (y en dólares corrientes) alcanzaron a las máximas anteriores, de 1998, tanto con Argentina como con Brasil, pero, al mismo tiempo, las exportaciones al resto del mundo se multiplicaron por 3,4.
El Mercosur nos fue útil en los 90, porque entonces se dieron los primeros pasos, en la buena dirección de lo que debe ser un acuerdo comercial entre varios países, hacia la apertura de todos sus miembros, y hubo una combinación de creación y desvío de comercio. Pero los números de nuestras exportaciones a los vecinos en esos años reflejan mucho más que eso: reflejan que mejoraron nuestras exportaciones a dos países crecientemente caros y con sus respectivos ingresos volando. Las exportaciones de turismo, básicamente orientadas entonces a la Argentina, y bastante menos a Brasil, tuvieron el mismo comportamiento que las exportaciones de bienes, y aquellas obviamente no eran objeto de desgravación comercial ni de cláusula alguna del Mercosur.
Con los sucesos de entre 1999 y 2002, nuestras exportaciones a los vecinos se desplomaron, tanto las de bienes como las de turismo, lo que prueba una vez más que hay un factor común a ambas y que no lo es el acuerdo comercial que sólo afecta a una de ellas. Es, en cambio, el ingreso en dólares de los países.
Tras ese período crítico, el mundo se vuelve eufórico y crece y se encarece como quizá nunca antes. Y eso nos da apenas para volver, 10 años después, a las cifras de exportaciones de bienes que les realizábamos a nuestros vecinos (en valor, no en volumen), mientras que nuestras ventas al resto del mundo volaban en precios y cantidades. Obsérvese que las exportaciones de turismo superan hoy con holgura a las de hace 10 años, incluso las realizadas a Argentina, con uno de los puentes cortados, y las de bienes no.
En este contexto, ¿puede el Mercosur volver a ser relevante para nosotros? Porque hoy no es otra cosa que un esquema de sustitución de importaciones a escala regional, que sirve a algunas empresas locales para vender en condiciones ventajosas respecto a terceros países, productos que de otro modo no tendrían mercado o, al menos, la rentabilidad que allí obtienen. Pero como no hay almuerzos gratis, la contrapartida de ese “beneficio” es el mayor costo que como consumidores pagamos (en precio y en calidad) por bienes provenientes de nuestros vecinos y los impuestos que dejamos de cobrar por ellos.
Para que el Mercosur nos vuelva a ser útil es necesario liderazgo y agenda, antes que otra cosa. Como lo tuvo, de la mano de nuestro país, en su inicio. No parecen estar dadas las condiciones para ello, con una Argentina que está sumida en un proceso político para el cual todo es accesorio e instrumental, y un Brasil al que el Mercosur ya le dio todo lo que le podía dar y que ahora apunta a jugar en las grandes ligas, fuera del barrio. Quien podría asumir el liderazgo es nuestro país, pero el enfrentamiento con Argentina lo inhibe.
Aún asumiendo que en el futuro previsible nada habrá de cambiar es necesario expresar que si en algún momento el Mercosur se encaminara nuevamente por el trillo original, hay mucho pendiente en su materia básica y esencial, la comercial. Y allí se debería retomar un proceso de reducción firme en los niveles del arancel externo común, desmalezándolo de los aditivos que se le incluyeron desde que empezó a renguear. Lo mismo, con las regulaciones muchas veces unilaterales que se impusieron y que violan la esencia del acuerdo. Se debería procurar que su institucionalidad funcionara, especialmente para solucionar las controversias que se plantean. En definitiva, imaginar al bloque como si fuera un único país, en materia comercial, al que le convendría tener aranceles externos bajos, y sin barreras internas, entre sus estados o provincias.
Hoy estamos muy lejos de eso y no porque no se pueda hacer, que es lo más sencillo. Sino porque quienes deberían encarar este proceso “están en otra”, porque ninguno quiere o puede liderarlo y, lo peor del caso, porque si quisieran, seguramente la agenda no sería esa. De este modo, el Mercosur seguirá, como hasta ahora, sin timonel, sin rumbo, a la deriva.
Javier de Haedo para Economía y Mercado








Comentarios