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“La libertad cultural y de conciencia de los alumnos, es lo que construye democracia”

julio 29, 2010  
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“Tal vez mi mayor responsabilidad, es ser celoso custodio de que las aulas no se usen para introducir doctrinas en la conciencia del alumno que debe ser libre y autónoma”, afirmó Daniel Corbo a La Democracia. Pero en su afán de colaborar con el mejoramiento de la enseñanza, acaba de presentar, con vistas al Presupuesto, una propuesta que tiene que ver con el fortalecimiento de la convivencia educativa. El integrante nacionalista del Codicen cree que “los resultados de inmensos fracasos en el liceo se deben, en buena medida, a una institución que está obsoleta en su concepción, porque fue formulada para una realidad cultural, para un tipo de alumno, para un tipo de sociedad, que ya no existe. Adelantó su posición favorable a concentrar los esfuerzos en cinco o seis materias fundamentales, para el desarrollo intelectual de los alumnos, como ser las matemáticas, el lenguaje, la informática, etc.

Por Aníbal Steffen

¿Cómo se siente en esta soledad como único representante de la oposición en el Codicen?

Podría decir que como un navegante solitario. Pero la verdad es que valoro mucho el hecho de que la oposición esté presente en todos los organismos, porque revitaliza un principio fundamental de la democracia representativa uruguaya, que es el concepto de coparticipación. La sola presencia de personas de otros partidos en la administración, hace mucho a la construcción de un diálogo democrático.

Por ello, no me siento acosado. Pero sí lo siento como un gran desafío, porque, en este ámbito, me ha tocado la responsabilidad de expresar la voz y llevar la mirada de medio país que no está en el gobierno.

Yo vengo aquí a cumplir dos misiones fundamentales. Una que está ínsita en la Constitución, que es el ejercicio del contralor, esa especie de auditoría de gestión desde la oposición. Pero al mismo tiempo vengo a ayudar y a proponer todo aquello que pueda ser beneficioso para la educación.

¿Qué puedo poner en juego a pesar de mi inferioridad numérica? En primer lugar un conocimiento muy vasto del organismo. Aquí entré por primera vez en 1985, al retorno de la democracia, junto a figuras como Pivel Devoto, Aldo Solari, de quienes aprendí mucho en esta institución.

Estuve aquí por segunda vez, como consejero, en el gobierno del Dr. Jorge Batlle, en el marco de un gobierno de coalición. Y ahora estoy aquí por tercera vez. De manera que conozco las estructuras del organismo, así como al funcionariado, y ellos me conocen a mí, mis características, mis perfiles, mi apego a la institucionalidad y la forma en que quiero a este organismo.

Y en el campo educativo, he tenido una continuidad de veinte años, lo que me permite tener un conocimiento profundo como para aportar una experticia al funcionamiento de este directorio.

¿Le disgustó el hecho de que los integrantes de los consejos desconcentrados hayan sido designados antes de su llegada al Codicen?

Cuando llegué aquí plantee el tema porque me gusta ser muy franco y transparente. Expresé que me pareció un acto innecesario. Está claro que cuando hicieron la designación ya había un acuerdo entre los otros miembros del Consejo, de manera que mi voto no iba a incidir ni cambiar nada. Ni lo hubiera hecho, porque había un acuerdo político por el cual esos cargos eran para la fuerza de gobierno y yo no iba a provocar una ruptura de la unidad del Consejo.

Pero señalé que el haber tomado esa decisión sin tener el órgano integrado puede ser objetable desde la legitimidad de ese acto. La designación de autoridades correspondía ser hecha por un Consejo integrado en su totalidad.

También veo un inconveniente en la proyección futura, en cuanto yo he quedado libre de todo compromiso o responsabilidad sobre la gestión de las autoridades de los consejos, en tanto no he participado en el proceso de su designación. Creo que hubiera sido mejor que en vez de haber quedado con las manos tan libres en ese sentido, hubiera tenido un compromiso más fuerte con la gestión de las autoridades de los consejos.

La enseñanza ha sido uno de los campos preferenciales para el desarrollo de la estrategia política de la izquierda. Ahora que está en el gobierno y con la nueva ley de educación, ¿le parece que la situación es más propicia para alinear la educación con los intereses políticos del gobierno?

Cuando se procesó la ley, señalamos la inconveniencia de un procedimiento de constitución de autoridades que combinaba la representación política con una representación corporativa. Dada las características de la corporación de docentes, esto significaba que, ganara quien ganara el gobierno, siempre la izquierda tendría la mayoría en los órganos de dirección de la enseñanza.

Me parece que ésta no es una buena solución. Y sería aún más compleja si hubiera ganado otro partido, porque se podría dar un enfrentamiento entre la línea del gobierno, electo por el voto de la ciudadanía, y las autoridades de la enseñanza que no responderían a la concepción que emana de la expresión soberana en las urnas.

¿Y ante el hecho consumado, cual será su actitud?

Creo que hay que dar dos batallas. Una cultural, al favor del pluralismo; digamos a favor de una concepción que vea la diversidad como una forma de enriquecer la mirada nacional y como una oportunidad de construir un sistema educativo nacional en un horizonte amplio de tiempo, más allá de las administraciones y los gobiernos de turno, para determinar un rumbo educativo con continuidad. De lo contrario se crea una situación que es como la tela de Penélope: una administración teje en un sentido y viene otra y lo desteje.

Construir pluralismo y a partir del pluralismo y el diálogo democrático construir acuerdos nacionales en la educación, puede alentar posibilidad de que el sistema educativo quede menos agobiado por las visiones partidistas ideologizantes y refleje más la polifonía de voces de la sociedad.

La otra batalla, que es tal vez mi mayor responsabilidad, es ser celoso custodio de que las aulas no se usen para introducir doctrinas en la conciencia del alumno que debe ser libre y autónoma.

Hay un principio de laicidad reconocido y asumido históricamente por la educación uruguaya y en eso no voy a cejar. Voy a ser categórico en mi definición, porque la libertad cultural, la libertad de conciencia de los alumnos, es lo que construye luego democracia.

¿Si usted comparte la percepción de que nuestra sociedad vive una crisis de valores, cuál le parece que debería ser el papel de la enseñanza en este sentido?

Considero que la educación de valores y de ciudadanía democrática son mandatos muy fuertes de la Constitución y que las instituciones educativas deberían incorporar un eje transversal para tratar sistemáticamente este tipo de formaciones. Es decir, la integralidad que siempre hemos defendido en la educación significa que no solamente vamos a trabajar los aspectos cognitivos e instrumentales de la formación del alumno, sino que también vamos a trabajar aquello que tiene que ver con la conformación de su personalidad; con su ética personal, con su moralidad.

En otras épocas en que existían valores muy compartidos, sólidamente establecidos socialmente, la educación podía jugar simplemente con el aspecto socialización. Es decir, la sola presencia en las aulas, los mensajes de los docentes, alcanzaban para construir este sustrato ético en la personalidad de los alumnos. Cuando esto se ha perdido o se ha debilitado socialmente, es necesario que la institución educativa revea este enfoque tradicional para introducir otro que establezca una formación sistemática en valores.

No quiere decir una asignatura, sino un eje transversal, porque todo lo que ocurre en la institución educativa, desde que el alumno ingresa hasta que sale de ella, todo transmite valores. La actitud del profesor, la formas de relacionamiento, la forma de convivencia, los climas institucionales, todo ello pasa mensajes que construyen la personalidad.

En ese sentido, hoy mismo estamos presentando para el Presupuesto, una propuesta que tiene que ver con el fortalecimiento de la convivencia educativa.

¿Esa propuesta que implicaría?

De alguna manera revitalizar las formas instituidas por la Constitución y la ley, a través de un proceso de reflexión y diálogo con los actores educativos, que permita construir las normas de convivencia de la institución.

Las normas que regulan nuestra convivencia a nivel social general, tienen un carácter un poco abstracto. Muchas veces a los estudiantes se les da una orden, sin una explicación clara del por qué; de cuál es el motivo por el cual se debe actuar de ese modo y no de otro.

Lo que yo planteo es la necesidad de que haya un espacio de construcción de acuerdos con los estudiantes, en torno a normas y criterios para regular la convivencia. O sea que los estudiantes puedan reflexionar, discutir, proponer y comprometerse con determinados criterios.

Entonces, hay un trabajo a hacer de convivencia en los centros educativos que es el formato para luego convivir socialmente y para generar criterios de valor en la actuación de las personas.

Hay un paso previo a la educación del alumno, que es la formación del propio docente. La pregunta es un poco antipática: ¿Están preparados los docentes uruguayos para ser guías, ejemplos, tutores, del desarrollo cultural de los niños y los jóvenes?

Yo creo que, en ese sentido, hay fortalezas y debilidades. Hay que trabajar sobre esas debilidades.

Pero me parece que no se trata de estigmatizar al docente, sino proponernos un trabajo para fortalecer la profesionalidad del educador.

Esto pasa por jerarquizar la propia función docente; pasa por cambiar las reglas de la carrera funcional también. Pasa por la creación en las instituciones educativas de un espacio para que el colegiado docente, en la reflexión de sus propias prácticas, pueda construir guías didácticas, orientaciones de trabajo, cómo intervenir pedagógicamente en alumnos que presentan dificultades de aprendizaje. Y reglas claras a los efectos de evitar el ausentismo que se da en las aulas.

Hay que rescatar algunos principios básicos. Uno es que los estudiantes concurran asiduamente. Y cuando concurran, encuentren al docente impartiendo la clase. Si no ocurren ambas cosas, se pierde el proceso educativo, se dispersan los alumnos y se pierde la continuidad del esfuerzo.

Hay mucho para hacer en este campo, porque sin buenos docentes no puede haber buena educación.

En materia de programas ¿no cree que habría que enfocarse un poco más en las materias clave como pueden ser las matemáticas y el lenguaje?

Aquí hay dos problemas. Si bien es cierto que los jóvenes hablan mal, también es cierto que la sociedad habla mal. El tema se ha vuelto más complejo porque hay otros lenguajes, otra dinámica cultural, a veces asentada en la existencia de tribus juveniles, jergas de grupos, que dificulta mucho la tarea.

También hay una presencia muy fuerte de la imagen; se habla mucho a través de la imagen, lo que debilita la construcción de conceptos, del pensamiento lógico, que se asienta en el lenguaje.

Pero si, efectivamente, pienso que la educación uruguaya, en muchos campos, peca por la diversidad y el enciclopedismo. Se quiere abarcar todo y en definitiva no se abarca nada bien.

En ese sentido, el plan de estudios de secundaria, el ciclo básico, es un contrasentido contra todo lo que se debería hacer. Porque cuando un niño tiene 11 o 12 años y está en sexto de escuela, consideramos que el mejor modelo de aprendizaje es que haya una sola maestra para ese alumno. Pero 6 meses después, consideramos que el mejor modelo para ese mismo niño es tener 13 profesores, 13 materias distintas, 13 pruebas, 13 cuadernos, 13 libros. Entonces, me parece que algo está funcionando mal. Hay un contrasentido en ese tránsito del medio escolar, que tiene contención, reglas claras, vínculo afectivo con la maestra, frente a una institución como el liceo que se caracteriza precisamente por ser relativamente despersonalizado, donde el alumno no encuentra un adulto que lo escuche. A su vez los docentes han sido conformados en una mentalidad asignaturista y enciclopedista, por lo cual generalmente miran por el ojo de la cerradura de su especialidad y no logran nunca ver al adolescente que tienen en frente, con todas sus demandas, sus necesidades, sus expectativas, sus miedos, etc.

Hoy todos los estudios nos demuestran que un adolescente de 12 o 13 años no ha terminado de conformar su socialización primaria. Por lo tanto los factores de afecto y de construcción de identidad son muy importantes. No lo eran tanto en otra época en que se pasaba casi de la niñez al mundo adulto. Y el que entraba al liceo, lo hacía con una socialización primaria prácticamente terminada. Por lo tanto podían dedicarse a las materias.

El tema es que hoy no es así y sin embargo seguimos con la misma oferta educativa, la misma propuesta pedagógica, y la misma forma de mirar la enseñanza que en esa época que ya no existe,

Los resultados de inmensos fracasos en el liceo se deben en buena medida a una institución que está obsoleta en su concepción, porque fue formulada para una realidad cultural, para un tipo de alumno, para un tipo de sociedad, que ya no existe.

¿Y que propone usted como solución al problema que está describiendo?

Reducir ese abanico tan amplio de asignaturas para centrarnos en aquellos aprendizajes más significativos, que tiene que ver con los lenguajes que abren el conocimiento general, que son lengua y comunicación, matemáticas, un segundo idioma, informática, luego las ciencias y la formación social.

Allí tendríamos cinco o seis área de trabajo en las que deberíamos centrar la formación de los alumnos. Es decir: menos diversidad, menos enciclopedismo, y más fortaleza, más profundidad, más horas dedicadas a esas áreas tan significativas. Con menos docentes. Pero con docentes que trabajan más horas con cada grupo.

Eso permitiría recuperar la idea del profesor – cargo. Es decir el profesor que concentra su trabajo en una institución y, por lo tanto, se compromete con ella, que tiene pocos grupos de alumnos con los cuales trabaja muchas horas. Evitar la rotación de docentes entre instituciones todos los años. Porque la permanencia permite construir equipos de educadores, colegiados docentes con permanecía, criterios compartidos, proyectos pedagógicos construidos colectivamente, que es esencial para darle fortaleza a la tarea educativa.

Eso se pierde en el maremágnum de asignaturas y docentes que circulan, en un contexto en el que los liceos se vuelven tierra de nadie, donde los propios alumnos no saben a qué atenerse, cuáles son las reglas. Las instituciones terminan de alguna manera conquistadas por otros formatos culturales juveniles y se debilita la capacidad de la institución de transmitir mensajes claros y coherentes.

Las disonancias entre los propios docentes transmiten incoherencias a los alumnos. Un profesor muy severo, otro muy permisivo; un profesor jerarquizador y verticalista y otro que es casi un amigo del alumno y casi ha perdido su rol de docente…

El estudiante pierde así la noción de cuál debe ser su comportamiento, cuales son los criterios que regulan la vida institucional, cuáles las exigencias… Porque el profesor muchas veces no viene. Entonces por qué va a tener autoridad para pasarle lista al alumno, para exigirle que venga y haga deberes cuando el profesor no cumple.

Todo esto hace a las condiciones de educabilidad. Antes de pensar en que materias hay que enseñar, es necesario que la institución sea capaz de recepcionar al alumno, pasarle mensajes claros, transmitirle orientaciones y criterios, de que haya un ambiente sosegado de trabajo, convivencia positiva. Sólo así habrá condiciones de empezar a trabajar en lo curricular.

¿Cómo evalúa el Plan Ceibal?

Me parece que hay dos cosas a considerar. Una puede ser una luz y otra una sombra.

La luz es que el Plan Ceibal, de alguna manera, permite conectar a todos los alumnos de toda condición social y geográfica del país en un lenguaje de la modernidad, del siglo 21. Sin lo cual, uno quedaría analfabeto, aun sabiendo leer y escribir, ya que no sería capaz de comunicarse fuera de la aldea o de encontrar los caminos para llegar a la información del mundo. Es, entonces, un elemento liberador que permite integrarse a una red capaz de promover cosas desde la ciudadanía.

Lo que me parece más discutible y que le faltó al Plan Ceibal, es que simplemente compró las computadoras y se las dio a los niños. Y no previó un programa pedagógico para el uso de las computadoras.

Es decir, no reflexionó sobre cómo incluir pedagógicamente este instrumento, que es apenas eso, un instrumento, una tecnología. El problema es que no se reflexionó sobre cómo usar adecuadamente esa tecnología.

No se preparó a los docentes, ni para el manejo ni para el desarrollo de programas didácticos que hicieran de este instrumento un factor favorable al desarrollo de la instrucción de los alumnos.

Tampoco se pensó en un programa que permitiera enfocar el desarrollo de los contenidos de las distintas materias a partir de una acción didáctica adecuada a la nueva tecnología.

¿Se está a tiempo de reparar esa omisión?

Claro, esta es una situación revisable. Si no se hizo antes todavía se está a tiempo de aprovechar debidamente la nueva tecnología.

Fuente: La democracia

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