Senadores

Jorge Larrañaga

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A los 10 años Jorge Washington Larrañaga decidió ser político. Repite que “cuando se sale se llega”, y así va por tercera vez por la Presidencia. Se lamenta por el tiempo que perdió de estar junto a sus hijos, y siente que lo de “Guapo” lo encasilla.

El apodo “Guapo” se lo pusieron a los cinco años, porque se revelaba ante algún rezongo después de tanta travesura en los studs del Hipódromo San Félix de Paysandú. Y desde chico, a la vez que forjó ese apodo, construyó su personalidad y encontró sus grandes pasiones.

El mundo de los caballos lo fascinó por completo. Aprendió a cuidarlos, a montarlos y a saber cuáles son los mejores para correr. Hoy tiene cuatro de carrera y cuando cuenta con un rato libre aprovecha a subir a alguno de los que tiene en su chacra en Flores. Además, guarda casi como una medalla el recuerdo de su viaje desde Paysandú a Paraguay a caballo. Fue en 1997, en homenaje a Artigas: 1.280 km en 23 días.

También desde chico descubrió su otra pasión: la política. Era el año 1966, él tenía 10 años. Su padre acababa de ser electo diputado por el departamento de Paysandú y un montón de gente se agrupó en la puerta de su casa para felicitarlo. La energía del momento lo cautivó profundamente al hoy precandidato presidencial, que no dudó en expresárselo ese día a sus padres. “Quiero dedicarme a eso, a la política”, dijo.

Estudió en Paysandú y viajó a Montevideo para recibirse de abogado. Fue electo intendente de Paysandú en 1989, a los 32 años, y repitió el mandato. El salto a lo nacional no demoró en llegar y en 1999 ya integró la fórmula presidencial junto con Juan Andrés Ramírez. En 2004 fue candidato único del Partido Nacional y logró 34% de los votos. En 2009 perdió la interna con Luis Alberto Lacalle y ahora de cara a los comicios de junio aparece con ventaja.

Esas líneas que lo marcaron de chico lo siguen definiendo, aunque a menudo él se cuestiona en ese sentido. Según cuentan sus amigos, Larrañaga se lamenta el haber perdido tiempo de la crianza de sus hijos debido a que estaba trabajando en política.

Jorge de 25 años, Aparicio de 22 y Juan de 14 son los tres hijos del primer matrimonio del precandidato. Él mantiene una muy buena relación con ellos, con quienes comparte intereses y largas charlas. Larrañaga se divorció y con Liliana, su actual pareja, tuvo otro hijo: Faustino, que tiene cinco años y se divierte apareciendo en algún acto de campaña con su padre.

El precandidato trata de aprovechar todos los ratos posibles para acompañar a Faustino y jugar con él. Sus mejores momentos los pasan juntos arriba de un caballo en la chacra.

“Cualquier problema que tengan sus hijos pasa a ser su preocupación central, cuando alguno de los hijos atraviesa alguna dificultad olvidate de Larrañaga, deja todo y se va con ellos”, cuenta Gustavo Delgado, amigo de él hace 20 años. “Es hasta sobreprotector, él los adora y ellos lo adoran”, agrega.

Es que todos quienes lo conocen coinciden en señalar que la familia para Larrañaga tiene una importancia central. Ese apego está presente en todos sus pasos y, además de esa relación con sus hijos, tiene siempre presente a su madre y su padre ya fallecidos, además de a una hermana que murió de cáncer en 2003.

A la madre la lleva en la muñeca, en un reloj que ella le regalo cuando él, estudiando Derecho, se recibió de procurador, y en el cual tiene sus iniciales, “JWL”, y la fecha en la cual obtuvo ese título: 19/11/1979.

Al padre, a quien reconoce como su inspiración política más cercana, lo lleva en la cintura, en una hebilla de cinturón, metálica y con sus iniciales, que recibió como un regalo hace 25 años, antes de las elecciones de 1989 que lo llevaron por primera vez a la Intendencia de Paysandú. Larrañaga usa esa pieza siempre, sea con pantalón de vestir, vaquero o traje.
Prejuicio.

Los amigos lo definen como una persona muy sensible y alegre, y creen que por lo que significa el apodo “El Guapo” se ha creado un prejuicio entre la gente, que en ocasiones puede imaginarlo como alguien malhumorado. Larrañaga también se lamenta por esa idea que se ha formado, que siente que está lejos de mostrar su verdadera forma de ser.

Edgar Martínez se crió junto a Larrañaga en el Hipódromo de Paysandú y hoy en día entrena los caballos del precandidato. Dice que el senador es muy sencillo en el trato y lo define “como una máquina de hacer chistes”. Cuenta que siempre está bromeando y que disfruta de recordar anécdotas.

La historiadora Ana Ribeiro conoció a Larrañaga en 2009, y establecieron una relación tal que hoy se consideran buenos amigos. Ella admite que antes de conocerlo él no le caía bien, pero que descubrió a una persona sencilla y divertida. “Es terrible jorobón, siempre está haciendo bromas, es fatal”, lo describe. Destaca las características de Larrañaga como propias de un hombre del interior. “Es un paisano, tiene las lindas características del hombre del interior; es un doctor, pero es sencillo. Es muy atento para escuchar, no tiene prejuicios, pregunta y acepta consejos”, dice.

En el contacto con la gente esas características se notan fácilmente. Antes de cada acto y también al bajar del estrado, Larrañaga logra un vínculo muy cercano y natural con las personas. Se detiene en abrazos, besos y charlas donde escucha los problemas que le plantean.

Tiene un método de trabajo que consiste en hacer rondas. Para tomar una decisión consulta a los que entienden del tema y a las personas de su confianza. Les pregunta y repregunta, los desafía para saber por qué opinan así. Junta todas las opiniones y luego decide.

A esa forma, le suma una gran capacidad de trabajo. “La primera llamada que tenemos en la mañana temprano es la de Jorge para repasar los temas del día y los asuntos importantes. Y de noche por lo general es el último en contactarnos”, resumen sus amigos. Es fanático de las nuevas tecnologías, desde el celular a la tableta. Tiene una muy buena memoria y es obsesivo de la puntualidad y la prolijidad. Todo eso lo lleva a atender mucho los detalles.

Él acostumbra a repetir algunos dichos. “Cuando se sale se llega” es uno de sus lemas de cabecera para lograr alcanzar lo que se propone. Y esa idea la complementa con otra frase: “Los sueños no deben morir primero”. Con esas palabras fijas en su cabeza, sigue trabajando con la mira puesta en la Presidencia de la República.
La obra estaba atrasada y se puso a pintar el estadio de Paysandú

Quienes conocen a Jorge Larrañaga destacan la intensidad con la cual trabaja, y subrayan especialmente que le interesa estar muy pendiente de cómo avanzan las tareas que se deben hacer.

María Dolores Álvarez fue secretaria del hoy precandidato durante su primera administración en Paysandú. De esa época recuerda que Larrañaga llegaba temprano al despacho, pero antes había pasado por las distintas obras públicas para ver cómo iban.

Así, contó una anécdota al respecto. Uruguay se preparaba para recibir la Copa América de 1995 y el estadio de Paysandú sería una de las sedes. La Intendencia estaba haciendo las obras de mejora de tal escenario para llegar en óptimas condiciones, pero por diversas razones las refacciones estaban demoradas.

Larrañaga estaba preocupado por no poder cumplir con la fecha de inauguración y entonces, en un día feriado, convocó a todos los directores de la comuna en el propio estadio. Cuando llegaron, él ya estaba con un pincel y un tarro de pintura pintando bancos y columnas, y les pidió que hicieran lo mismo. “Le gusta ver las cosas terminadas y prolijas. Es muy dinámico y los funcionarios nunca le hicieron un paro”, recordó su exsecretaria.

Jorge Gabito Mira tiene una larga amistad con Larrañaga y explica que el senador no se caracteriza por tener muchos amigos sino “pocos pero muy cercanos”.

Dijo sobre Larrañaga que “es un enemigo de la inacción”, también lo definió como “dinámico” y afirmó: “Siempre está haciendo”. Comentó que es un hombre de palabra: “no necesita firmar para comprometerse”.

Fuente: Andrés Roizen para El País