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Encandilados por la continuidad

enero 25, 2010  
Archivado en Opinión



En el período de gobierno que termina se dieron las condiciones para llevar adelante determinadas políticas con determinados resultados, que a mi modo de ver son irrepetibles. Por el contrario, se vienen tiempos en los que será necesario corregir errores y ajustar las políticas a un entorno externo diferente, menos favorable y con nubes en el horizonte.

Por un lado se venía de la mayor crisis financiera que se recuerde, la que generó un muy fuerte deterioro de los ingresos de los hogares (por menos empleo, salario y pasividad). Para una parte importante de la población ello significó pasar a la pobreza e incluso a la indigencia, por lo que se pasó a hablar, correctamente, de “deuda social”.

Por otro lado se recibió un extraordinario impulso del resto del mundo, que consistió en un fuerte aumento de los precios de las materias primas y en el encarecimiento en términos de dólares de prácticamente todo el mundo, todo esto junto a tasas de interés muy bajas y a un abundante acceso a los mercados de capitales para el sector público, como para el privado.

Es decir que había un problema serio y estaban dadas las condiciones para intentar resolverlo. En ese contexto el diseño de la política económica resultó obvio: se decidió aprovechar el viento favorable para saldar la deuda social.

No se puede objetar esa definición en materia de política económica: imagino que a cualquier otro sector político a cargo del gobierno no se le hubiera ocurrido hacer otra cosa. Sin embargo, no sólo se hizo eso sino que se fue bastante más lejos como lo prueba la situación fiscal que legará el actual gobierno a su sucesor, con un desbalance del orden de 2% del PIB, unos 650 millones de dólares, cinco veces el que se programó para terminar este período de gobierno. Es evidente que aún se está por encima del nivel del PIB de la tendencia de largo plazo y que en estas circunstancias la situación fiscal debería ser la opuesta, o al menos debería haber equilibrio.

También es prueba de ello la muy fuerte pérdida de competitividad que se observó el año pasado, que no es otra cosa que la consecuencia no deseada de la notoria inconsistencia entre las políticas fiscal y monetaria-cambiaria. Hoy no existe fundamento alguno para un tipo de cambio por debajo de $ 24 por dólar y sin embargo no se llega ni a $ 20. Dicho sea de paso, cuando el Copom decidió recortar la tasa de referencia de la política monetaria el 21 de diciembre, el presidente del BCU expresó que debía esperarse a partir de esa decisión que toda la estructura de tasas bajara en forma análoga. Ha pasado un mes desde entonces y salvo para el plazo más corto eso no ha sucedido, sino todo lo contrario, y el BCU sigue “alquilando” la confianza en el peso a precio de ópera, induciendo una entrada de capitales que deprime aún más el tipo de cambio.

¿Qué fue lo que ocurrió? Lo que es habitual que ocurra en nuestro país en vísperas de las elecciones nacionales, con excepción de las de 2004: un extraordinario aumento del gasto público, el que creció en 2009 un 14% en términos reales, más de siete veces la tasa de crecimiento de la economía. Y, para compensar, se mantuvo una política monetaria-cambiaria tirante, restrictiva. Es decir, inconsistencia entre las políticas.

El referido shock externo favorable al país tuvo, como suele ocurrir con los shocks de ambos signos que solemos recibir, algo de permanente y algo de transitorio. Esto era previsible durante el proceso de desarrollo del shock y quedó comprobado una vez que el mismo cesó. Es decir que cuando se pinchó la burbuja, algo de sustancia había, algo permanente, estructural y real, más allá de lo transitorio, coyuntural y financiero.

No obstante, el diseño de la política económica no parece haber tenido en cuenta eso sino haber asumido que todo el shock sería permanente, que nunca se pincharía la burbuja. De lo contrario sería inexplicable la Rendición de Cuentas aprobada en 2008 y la estrategia deliberada de volcar a más presupuesto a lo largo de todo el período, cuanto “espacio fiscal adicional” se produjera.

Estas reflexiones vienen al caso cuando se está por iniciar un nuevo período de gobierno, con un “detalle” nada menor: la conducción de la economía va a estar en las mismas manos que produjeron las políticas y los resultados comentados, lo que implica una continuidad indudable entre los dos gobiernos, saliente y entrante.

Desde ámbitos oficiales y oficialistas se ha tendido a ver esto como algo muy bueno. También, seguramente, desde algunos ámbitos privados, empresariales: al menos los que no son víctimas del atraso cambiario o si lo son, que lo consideran un mal menor con respecto a otros riesgos más peligrosos que en algún momento llegaron a temer con un gobierno como el que fue electo.

Debo reconocer que en principio esta continuidad es bienvenida. Creo que no hay en la izquierda un mejor equipo económico que el que tuvo el actual gobierno y que tendrá el próximo. Pero cuidado con encandilarse con la continuidad. Y lo digo por dos cosas.

Primero, porque es difícil pensar que quienes condujeron hacia una cierta situación, mediante determinadas políticas y con ciertos resultados, tiendan a admitir los errores que pudieran haber cometido. La historia reciente muestra que cuando un mismo partido se mantuvo en el poder, aún con un equipo diferente, no procedió a ajustar los errores de su predecesor. Cuánto más difícil es si encima se trata del mismo equipo. De todos modos, se debe conceder el beneficio de la duda a personas inteligentes y bien intencionadas, como los protagonistas de esta historia.

Segundo, porque ellos pueden creer que la suerte los seguirá acompañando indefinidamente. Lo peor que podría hacer el equipo económico sería trabajar con supuestos optimistas sobre el quinquenio por venir. Y lo digo especialmente porque recuerdo al vicepresidente electo, Danilo Astori, que en la campaña electoral asumió, a los efectos de la futura política económica, un crecimiento del PIB de 30% en los cinco años.

En los próximos cinco años, el mundo y la región nos van a traer dolores de cabeza, no puede haber dudas al respecto. Las economías desarrolladas deberán desmontar el esquema de estímulos y recoger las velas de la expansión monetaria producida desde 2007. Aún haciéndolo en forma perfecta, este proceso va a desembocar en tasas de interés más altas y un dólar más fuerte o visto de otro modo, un mundo más barato en dólares. Es evidente que si para entonces no explotó la bomba argentina, allí se dará la inevitable crisis. Y en el caso de Brasil, cesará la burbuja que mantiene un dólar en el piso, insostenible a largo plazo.

En ese contexto, hacer una programación con una tasa de crecimiento anual mayor a 4% luce muy osado. Uruguay puede crecer al 4% o incluso al 5% anual sin problemas, pero si hay que descontar el efecto del tropezón que se pueda dar por un shock negativo, la tasa media debe ser más moderada.

Ese programa debe tener un mejor balance del que tuvo en el período que termina entre más presupuesto y menos impuestos. Debe ajustar las reglas salariales a esa nueva realidad, que ya no permitirá subir el salario real al 4% o 5% anual. Debe intentar ir corrigiendo el tipo de cambio para evitar un salto mayor en el futuro.

Es decir, bienvenida la continuidad del equipo, pero no la de todas sus políticas.

JAVIER DE HAEDO para E&M El País

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