Elección comunal
Me animaría a asegurar que a esta altura de los acontecimientos todos estaremos de acuerdo en que las próximas elecciones departamentales son un exceso electorero. Y no sólo por la elección en sí, lo poco gusta y lo mucho cansa y hasta aburre, sino por otras muchas razones lógicas. La primera son los costos. En un país pobre y chico, donde incluso andando bien ocasionalmente de “fiducias”, no sobra la plata, no se puede tirar manteca al techo, como es separar las elecciones nacionales de las departamentales, en menos de seis meses.
El costo de cada una sale, como es de rigor, del bolsillo del usuario al fin de cuentas. Los millones de pesos o dólares que se pueden ahorrar juntándolas, como siempre se hizo en un solo evento, sin tener los gastos obvios de publicidad oral, escrita y televisada con cifras dimensionadas, se podría destinar para otros insumos más útiles y prácticos para las ciudades en este caso. En un solo “paquete” resumirían los costos hoy diversificados.
Por otra parte, hay una realidad muy humana al separar los comicios departamentales: los candidatos a estas se “reservan” para las mismas, donde expondrán sus naturales aspiraciones, y para las nacionales previas, donde la importancia es mayor por las responsabilidades trascendentes que están en juego, o sea el futuro del país, se retraen como ya suele pasar. Razón de Perogrullo. Nadie gasta, por amigo o partidario que se pueda ser, en candidaturas nacionales, si después se las retacean en las departamentales que les tocarán a ellos.
Por otra parte, y al ser honorarios lo cargos de ediles, mengua el natural interés que dirigentes o ciudadanos más preparados y capaces se interesen por esas posiciones que obviamente tienen gran trascendencia y también en los hechos, menguando en la realidad el nivel intelectual. No se puede pretender que gente que tiene profesiones, posiciones comerciales, intereses familiares y ocupaciones en general, las posterguen y gasten sus recursos propios y legítimos en una aventura curial política de muy dudosa utilidad personal si la piensa ejercer con honestidad y dedicación partidaria y patriótica.
Esto dicho objetivamente, sin perjuicio de afirmar que ningún cargo público puede ser honorario. Es de lógica irrefutable.
Pero la verdad es esa y ante la realidad consumada el Partido Nacional presenta para Montevideo dos figuras de reconocido prestigio y garantía intelectuales y morales a la Intendencia. Alianza Nacional del senador Larrañaga propone un economista de primer nivel y experiencia administrativa en variados organismos públicos y privados ocupados en su momento, como es la figura de Javier de Haedo. Y la UNA de Lacalle, a la ex diputada y ministra Ana Lía Piñeyrúa.
O sea, en las intendencias las ideologías si bien siempre tienen su importancia, es obvio por sentido común, que deben primar los aspectos técnicos, particularmente en lo económico administrativo donde resalta la figura incuestionable de Javier de Haedo, economista reconocido incluso a nivel internacional, por sus conocimientos, profesionalidad y honestidad, ideales para su aplicación en las necesidades de la gran ciudad.
La seguridad, hoy altamente cuestionada, red lumínica (Montevideo es una ciudad a oscuras) para combatir los delitos que a diario profusamente se manifiestan, los servicios de limpieza, donde si bien los contenedores son sin duda un acierto por su practicidad y comodidad, están en un estado deplorable sucios y desechos, el terrible problema de los cantegriles en Montevideo, que tanto se criticó y aseguró que iban a desaparecer, proliferan en mayor cantidad y dimensión con sus “carritos” de basura de gran riesgo para el tránsito y proliferación de la miseria.
EL problema vial donde las calles y avenidas a diario se están deteriorando con toda la problemática que para el tránsito ejerce en una ciudad que pretende ser turística y presenta un estado lamentable.
Como compromiso con la ciudadanía, Javier de Haedo se propone dialogar directamente con los barrios y sus ciudadanos que son los que sufren las carencias notorias.
Los planteos programáticos que salen en estos días expondrán las realidades y soluciones planteadas por ambas candidaturas. Orden, seguridad, y particularmente honestidad, terminando con escándalos como el de los casinos que tanto daño hizo.
Por Leopoldo Amondarain Convencional del Partido Nacional
Se equivoca feo Don Pepe
Se gane o se pierda, el partido político que sea, debe contar con expresiones o elementos de diálogo aptos para gobernar o convivir racionalmente con el partido contrario que gobierne. No se necesitan mayores explicaciones para entender esta verdad. Está en la “tapa del libro”. Salvo claro está, que se quiera repetir la triste experiencia ya sufrida y que culminara con tanta tragedia de ambos lados.
Larrañaga, por su propia formación wilsonista, es precisamente del lado blanco, que naturalmente y sin prejuicio que algún otro pueda aparecer y no es fácil, el que sin dudas gozaría de esa aptitud. Ud. mismo don Pepe, ha dicho que el “guapo” es un “buen tipo” y se puede conversar con él. Justo después que lo invitó a su chacra a comer el clásico asadito. Por supuesto, que en épocas electorales, cuando las mismas son inminentes, se “aprieta el acelerador” y las críticas suben de tono.
Eso es también ley de juego. Pero la ofensa, la diatriba y la descalificación a otras colectividades y sus figuras más prominentes, cuando no se ha dado motivo, caso del “guapo”, ejemplos “gobierno honesto” (como si el de los demás no lo hubiesen sido, “perro faldero” y demás etcéteras), excluye de cuajo cualquier acuerdo futuro que obviamente será necesario, entre las partes ofendidas y ofensoras. No se pueden decir o sugerir esos dichos y después concurrir a las casas de los ofendidos como si hubiesen sido referencias en “chistes” carnavaleros. No es serio ni se perdonan si hay un mínimo de memoria. Larrañaga en ningún momento ha mencionado que de ganar “sacaría (con mordacidad es obvio…) el impuesto a las lentejas” que como se sabe, no llevan. Ni tampoco darle la “paternidad” al Brasil sobre la soberanía nacional en materia internacional siendo como es un imperio en potencia y aspirante a fagocitarnos cuando pueda, por decir “algo”. Y lo de perro faldero se lo van a recordar por el resto del “tiro”, no le quepan dudas.
Entre “energúmenos” ignorantes del “rioba” pueden resultar “graciosas” esas salidas.
Pero entre gente u hombres de Estado que aspiran gobernar países, no es inteligente cerrar a cal y canto, puertas y ventanas. Máxime, cuando se ha demostrado que es Larrañaga (Ud. mismo lo afirmó) el que tiene amistad con Ud. ¿Con quién, de perder piensa dialogar en el futuro gobierno, con Lacalle con quién mantiene peores relaciones o tal vez con Trobo que no creo que se “amen” mucho? Y de ganar, lo mismo o peor con los “canales telefónicos” obturados. Mire que la “jauja” de tener mayorías absolutas, no se va a repetir. Ni para ustedes ni para nosotros. Los blancos no empezamos la guerra ofendiendo gratuitamente. Pero si otros la producen, no somos los que le sacan las “nalgas a la jeringa”. Usted también lo sabe si hace un poco de memoria. ¿No tendrá que volver a ir a lo del Guapo a comer otro “asadito”?
En cambio, si se trata con respeto y consideración es de sentido común corresponder como se le trató. Los sistemas democráticos no pueden permitir insultos, groserías y arbitrariedades. Por querer ganar un round no tiene sentido correr el riesgo real, de perder la pelea. Si tan bien ha hecho las cosas, no es explicable que haya tanta oposición reconocida por ustedes mismos.
Es obvio que “algo” no anduvo ni anda. La soberanía y los insultos no dan resultados y menos, con miras al futuro. Siempre será mejor la sobriedad y respeto entre los de la familia interna del “paisito”, que andar buscando “hermandades” extranjeras ficticias de monstruos, ya sean “cambas”, “porteños” o norteños que la historia indica, sólo nos han querido explotar y tragarnos en sus beneficios.
¡Los blancos no hemos sido agraviantes!
No es decir agravios, el señalar que pudieron con las mayorías parlamentarias que hoy tienen, haber sacado todo lo que están prometiendo al futuro. ¡Se cae de su peso!
Y tampoco pueden negar que cuando tuvieron aciertos, caso del Plan Ceibal lo hemos reconocido y apoyado. Nunca se hizo una oposición destructiva y pertinaz, como lo hizo la izquierda como cuando fuimos gobierno nosotros. Para no lamentarnos después ya sea tarde, pare la “mano” don Pepe, que ustedes tienen una enormidad de cosas para enrostrar y aún, nos mantenemos en silencio. ¡No se piense en mayorías absolutas!
¡No prendamos fuego al “paisito”¡ ¡Ta!
Por Leopoldo Amondarain
El Partido de la Nación
Más poderosa que mil palabras resultó ser la imagen del Directorio del Partido Nacional el domingo a la noche. El gesto rápido y decidido de Larrañaga pone al nacionalismo de cara a la victoria de octubre.
Los contrastes no pueden ser más marcados: mientras esto pasa entre los blancos, en el Frente Amplio una rebatiña por los cargos se ha desatado. Las acusaciones del pasado que lanzadas desde la izquierda denunciaban “Urbi et Orbi” que sólo el interés por los cargos motivaba a los partidos históricos, mientras en la izquierda primaban las ideas, choca duramente con la realidad que dice lo contrario. Sólo los cargos, puros y duros, dilatan la decisión de integrar la fórmula frentista. Cuántos para ti y cuántos para mí, cuáles para ti y cuáles para mí, esa es la discusión entre Mujica y Astori.
Cuando esto se salde, el Frente Amplio comenzará la campaña. Lo hará con dureza y con la furia de un animal herido. Sería un error pensar que el excelente resultado del domingo que puso al Partido Nacional ganador por más votos, preanuncia un triunfo irreversible.
La campaña aún no empezó y el aparato frentista pondrá toda la carne en el asador para evitar una derrota y perpetuarse en el poder. El miedo a perder unirá al oficialismo y será un catalizador de las diferencias, profundas, que hoy existen. El FA se ha transformado en una gran cooperativa electoral que suma sus votos para ganar y repartir poder, perdió el sentido del ideal, pero no el de la supervivencia.
Algunos análisis señalan que la magra votación, muy por debajo de la anunciada por las encuestas, se debe a que el Frente no se movilizó. Es extraño que se intente explicar el resultado por la falta de aquellos que eventualmente no fueron a votar, y no desde lo tangible y objetivo que es el voto de quienes sí concurrieron a las urnas. Podría, en vez de afirmarse que faltaron los frentistas, afirmarse que hubo una gran votación nacionalista. Lo objetivo es eso, lo otro es indemostrable. Un error de pronóstico no se subsana con un error de análisis.
El domingo fue el primer plebiscito contra el gobierno y lo perdió. Esa es la verdad.
Desde el inicio de este mandato es la primera elección donde se prueba el respaldo de cada partido. Hasta ahora nos decían que el presidente y el gobierno tenían un apoyo histórico, “cómo nunca antes”, afirmaban con seriedad los analistas. Sin embargo, aunque no tenga valor jurídico pero sí político, el respaldo a cada partido se midió el domingo. Más gente votó al Partido Nacional que al oficialismo.
Si el gobierno es tan bueno y tiene tanto sustento, cómo se explica que la gente no apoyó a los candidatos oficialistas.
Sería, si es así, la primera vez que la gente demostró su respaldo al oficialismo… votando a la oposición. Paradoja.
Las encuestas dicen que el gobierno tiene gran aceptación, pero las elecciones dicen que tiene menos votos. Ya lo explicarán.
Apenas ciento veinte días nos separan de octubre. En juego estará la afirmación positiva de valores y un sentido de la unidad nacional que entienda la elección como un episodio trascendente pero puntual, a partir del cual se elige un rumbo sin negar al compatriota que piensa diferente.
El abrazo entre Lacalle y Larrañaga es la unidad de un Partido que convoca a integrar a los uruguayos y no a dividirlos por mitades. Es el sentido de Nación.
Es el “sillón invisible de Oribe” en el que Flores Mora ubicó a Wilson, el que estaba presente el domingo en el Directorio.
Javier GarcÍa




