Aparicio Saravia

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La figura consular del Partido Nacional es obvio que fue el Libertador Manuel Oribe. No solo por ser su fundador o padre, sino fundamentalmente el ideólogo de la colectividad en el tiempo. Pero sin duda, la segunda figura trascendente fue Saravia. Particularmente por todo el romanticismo desinteresado y generoso que se desprende de su gesta.

El 16 de agosto de 1856 nacía en el Águila del Cordobés en una familia de trabajo, revolucionaria, nacionalista en su mayoría absoluta, comprometida con su tierra gaucha. El viejo “Chico” su padre, aspiraba a que Aparicio fuera un “hombre de letras”, lo envió a un colegio religioso de Montevideo (Belvedere). Fue por poco tiempo, admirador del “mulato” Timoteo y cuna blanca, escapó a caballo del pupilaje para plegarse a su respetado caudillo, que levantaba su Partido en la Revolución de las Lanzas (1872), la más gaucha de todas las revoluciones, como se la llamó.

Al llegar a sus pagos de Treinta y Tres se topó con un piquete revolucionario al mando de “Lanza Seca” y conociendo su apellido y antecedentes lo plegó a sus fuerzas en el primer encontrón con las tropas de línea colorada, fue tanto el valor desplegado e idoneidad en el manejo de la lanza, que medio en broma y mucho en serio, se ganó el mote de “Cabo Viejo”, tenía entonces sólo 13 años. Pasaron los años y ante la muerte de su hermano Gumersindo, al volver de la revolución de los “Farrapos” en Brasil lo erigieron como jefe de la nuestra.

Hereda la jefatura de los “vecinos alzados” contra la corrupción colgada del liderazgo de su propio partido, no obstante el resentimiento de la mayoría de los doctores de rancios apellidos atrincherados en el Honorable, enemigos del populismo humilde del caudillo que representaba el sentir del auténtico pueblo blanco. La oposición que reinaba, valga la anécdota real, en la última reunión del caudillo con el Honorable, coincidió que en la calle en torno a la plaza Matriz hubiera una parada militar, con bombos y fanfarrias.

Uno de los doctores del Honorable se levantó fastidiado después de larga discusión y abriendo las ventanas le enrostró: “mire general, allí los tiene ¿a ese ejército se quiere enfrentar?”. Ante lo cual el gaucho, despacioso se animó y mirándolo respondió: “tiene usted razón no se puede pelear con ellos, tienen banda de música”. Socarronamente se retiró y al otro día el “negro” Camundá sonaba su mítico clarín llamando a filas para rescatar la Patria.

Ganó la revolución y por supuesto los doctores que la fustigaron, trataron de “acomodarse” como es de costumbre. La historia siempre se repitió, Saravia y sus blancos jamás hicieron revoluciones para obtener el poder e imponer ideologías europeas ajenas, que nada tenían que ver con el celeste de nuestros cielos y la fresca risa libertaria de la Patria.

Lucharon y murieron por el voto secreto, por la representación proporcional de las minorías y por la moral pública. Era el ejemplo cincelado del Libertador Don Manuel Oribe en el alma de su viejo Partido Blanco y que Saravia recogía como prenda inmaculada en ejemplo de generaciones futuras.

Años después una bala lo alcanzó en Masoller el 1° de setiembre de 1904. Había ganado la oligarquía corrupta antiimperialista, pero la semilla se había sembrado en tierra fértil.

Lo vimos renacer con Herrera, con Carnelli, con Fernández Crespo, con Wilson y hoy mismo, no con el fusil sino con la verdad de la pluma y el verbo nacionalista, sigue siendo ejemplo que obliga en cada visita a su tumba de Santa Clara de Olimar, con sus soldados imaginarios representados por su pueblo blanco, a dar nuestro póstumo y rendido saludo. ¡Presente mi general!

Leopoldo Amondarain

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