Sobre los dichos de Muñoz y la convivencia

0001544757

¿Cómo puede pretenderse que la sociedad no sea violenta cuando la agresión, el ataque y el desprecio inspiran las afirmaciones de la Ministra de Educación ante la discrepancia de un maestro y ex colaborador? Nosotros sostenemos que nuestro país debe recorrer un camino diferente para lograr el restablecimiento efectivo de la cohesión social, restaurar fracturas y evitar enfrentamientos sociales. Recuperar a la educación pública, valorar a todo docente y recomponer la confianza de las familias y la sociedad en que una educación de calidad es la mejor manera de construir un país, son nuestros compromisos.

Una de las bases sobre las que se asienta nuestro sistema de gobierno es, justamente, la responsabilidad política de los Ministros de Estado. Si los dichos, acciones u omisiones de estos funcionarios no resultan explicados satisfactoriamente ante los representantes del cuerpo electoral, estos pueden requerir su renuncia inmediata.

Tradicionalmente la sensibilidad política, la honorabilidad y la autoestima de Ministros de la más alta talla, hacían que la advertencia por ellos mismos de un error, de una apreciación fuera de lugar o de una acción fallida, los hacía renunciar a sus cargos de inmediato, aún antes que se le requiriera formalmente.

Hace muchos años ya que esto no sucede. No creo que sea porque los ministros de ahora no erran, no se equivocan o no cometen irregularidades, sino simplemente porque ya no hay ministros de la estatura de aquellos.

Pero para muestra de que los yerros, la falta de sensibilidad, de delicadeza, de respeto, de educación y de inteligencia campea por el actual gabinete ministerial, basta referirnos a las apreciaciones de la ministra de Educación y Cultura, Dra. María Julia Muñoz en relación al Maestro Juan Pedro Mir.

La Dra. Muñoz afirmó que el Maestro Mir era un “resentido social”, que ganó en respeto en una nueva colaboradora que es profesora de historia “al lado de un maestro de sexto año de escuela como era Mir” y que es “un pobre muchacho”.

Evidentemente la acusación de “resentido social” supone que la ministra Muñoz considera al Maestro Mir integrante de una clase social disminuida, menor, sumergida, inferior a otras, de tal forma que eso hace que sus integrantes –como sería Mir- se resientan. Resulta altamente extraño, inentendible que ese tipo de afirmaciones provengan de una dirigente política perteneciente a una coalición de izquierda porque ese insulto evidencia que el emisor se considera integrante de una clase social superior a la del destinatario de la acusación. ¿Cuál es la clase social a la que orgullosamente pertenece la ministra Muñoz y que es superior a aquella a la que entiende que pertenece el Maestro Mir, de tal forma que éste se encuentre “resentido”? Es una apreciación que descalifica moralmente al emisor.

Tampoco es menor el hecho de que una ministra de Educación entienda, considere y, hasta, justifique que un profesor de historia sea destinatario de un respeto que no merezca un maestro de sexto año de escuela. Esta afirmación no solo es injustificadamente despectiva hacia quienes dedicaron su vocación docente a los más pequeños, quienes han colaborado generosamente en la formación de los hombres y mujeres del futuro, sino que además parece reconocer la existencia de una jerarquía distinta entre educadores según el ciclo en el que se desempeñan. Es decir, la ministra Muñoz entiende que los profesores merecen más respeto que los maestros y, suponemos, aquellos menos respeto que los docentes de nivel terciario. No queremos imaginar lo que pueda pensar esta ministra de los educadores preescolares, si es que mantiene algún criterio para esa extraña forma de pensar que sus afirmaciones evidencian. Resulta altamente preocupante que la figura destinataria del desprecio sea nada menos que la del maestro, cuya imagen se encuentra indisolublemente unida a nuestros más queridos recuerdos de una época de descubrimientos, de sueños, de afectos incondicionales, momentos todos en los que contamos con la encarnación del conocimiento tiernamente brindado por nuestros maestros.

La consideración de que el Maestro Mir sería un “pobre muchacho” únicamente demuestra la falta de respeto que la ministra Muñoz tiene para con quienes discrepan con ella. El calificativo dedicado al denostado se funda únicamente en que opinó distinto, tuvo otra visión y dio un diagnóstico distinto al del Presidente Vázquez y eso le valió la descalificación por parte de la ministra. Esa intolerancia, esa falta de respeto por la divergencia, por la discrepancia, solo está presente en el pensamiento de izquierdas latinoamericanas hegemónicas que destrozan al que opina distinto.

Pero tal vez, lo peor de las afirmaciones de la ministra Muñoz fueron el tono de las mismas, la deliberada intención de agredir, de lesionar, de horadar el prestigio personal de un individuo solo porque discrepó con ella o con el Presidente. Y es grave que la agresión sea la respuesta de la ministra de Educación ante la discrepancia.

Hemos asistido a diversas manifestaciones y paros de docentes frente a agresiones que sufrieron de parte de padres o alumnos. Hemos asistido a reiteradas denuncias de trabajadores de la salud que han sido objeto de ataques cuando intentan dar asistencia en determinadas zonas. Hemos escuchado sendas explicaciones acerca de la mayor violencia involucrada en los ilícitos que se cometen.

¿Cómo puede pretenderse que la sociedad no sea violenta cuando la agresión, el ataque, el desprecio, el odio inspira las afirmaciones de la ministra de Educación ante la discrepancia?

¿Cómo puede condenarse la violencia contra docentes, médicos, enfermeros por parte de quienes carecen, tal vez, de mejores formas de manifestar su discrepancia, si la propia ministra de Educación y Cultura reacciona como lo hace Muñoz?

Resulta ocioso reclamarle a la ministra Muñoz la sensibilidad, la honorabilidad, la dignidad de renunciar a su cargo. Evidentemente carece de tales atributos. Pero es responsabilidad del Presidente de la República que la ministra Muñoz se mantenga en su cargo, debe ser él quien le reclame su renuncia ya que ella no lo hace espontáneamente.

No es este el camino que entendemos debe recorrer nuestro país para lograr el restablecimiento efectivo de la cohesión social, no es así que se restauran fracturas y enfrentamientos sociales. Nuestra invitación a la sociedad es a transitar por el camino del respeto, del cariño fraterno, de la tolerancia –aún en la discrepancia-, de la armonía con la esperanza que los violentos, los intolerantes, los que encuentran en la lucha su razón de existir se sumen al desafío de reconstruir los valores que hicieron grande a nuestro Uruguay.

Dip. Pablo Iturralde

Facebook
Twitter
WhatsApp